sábado, 10 de agosto de 2013

Libro: Capitulo 6_BETH DESCUBRE EL PALACIO HERMOSO

Un día de abril Meg preparaba la valija en su habitación, rodeada de sus hermanas.
—¡Qué gentil de parte de Annie Moffat el no haber olvidado su promesa! —dijo Jo—, que parecía un molino de viento extendiendo y doblando polleras con sus largos brazos—. ¡Quince días de diversión van a ser espléndidos!
—Me gustaría que todas pudieran venir; pero ya que no es así, haré acopio de todas mis aventuras para contarles cuando vuelva. Es lo menos que puedo hacer, ya que todas han sido tan buenas, prestándome cosas y ayudándome a prepararme —respondió Meg.
—¿Qué te dio mamá de su cofre? —preguntó Amy que no había estado presente cuando se abrió cierta caja de cedro donde la señora March guardaba algunas pocas reliquias del pasado esplendor para entregar a sus hijas a su debido tiempo.
—Un par de medias de seda, aquel precioso abanico tallado y un lazo azul divino. Me hubiera gustado hacerme el vestido de seda violeta, pero no hubo tiempo. Me contentaré con mi viejo traje de tul.
—¡Ojalá no hubiera estropeado mi brazalete de coral para que pudieras llevarlo! —se lamentó Jo, que adoraba prestar sus cosas, pero cuyos bienes solían estar demasiado maltrechos para servir a nadie.
—Mamá tenía en su caja un aderezo de perlas maravilloso; pero dice que el mejor adorno para una joven son las flores y Laurie ha prometido enviarme todas las que yo quiera —replicó Meg.
El día siguiente amaneció hermoso, y Meg partió hacia una quincena de novedades y diversiones. La señora March había consentido de no muy buen grado, temiendo que Margaret volviera más disconforme que antes. Pero ella se lo había pedido tan fervientemente, Sallie había prometido cuidarla y un poco de diversión parecía tan delicioso después de un invierno de tanto trabajo, que la madre cedió y la hija partió para probar, por vez primera, el sabor de la vida de buen tono.
Los Moffat eran gente de "buen tono", y la sencilla Meg se sintió un poco atemorizada al principio por el esplendor de la casa y la elegancia de sus ocupantes. Pero eran muy cariñosos, a pesar de la frívola vida que llevaban, y pronto su huésped se sintió cómoda.
Quizá Meg advirtiera, sin entender bien por qué, que no eran gente particularmente culta o inteligente, y que el barniz dorado que los cubría no podía ocultar por entero el ordinario material de que estaban hechos; pero era agradable vivir en medio del lujo y no hacer otra cosa que divertirse. Eso le cuadraba perfectamente y muy pronto comenzó a imitar sus modales y maneras, injertando palabras francesas y hablando de modas tan bien como pudo.
Las hermanas mayores de Annie eran dos señoritas muy finas y elegantes, y una de ellas, Belle, estaba comprometida, lo que para Meg resultaba muy romántico. El señor Moffat era un señor grueso, de carácter alegre, que conocía a su padre, y la señora Moffat, también gruesa y alegre, simpatizó muchísimo con Meg. Todos la mimaban y "Daisy", como la llamaban, iba en camino de perder la cabeza.
Cuando llegó el día de la primera reunión, le pareció que su vestido de poplin no serviría, porque las otras chicas iban a ponerse ropas más livianas y elegantes; y allí salió a relucir su traje de tul, más gastado y usado que nunca comparado con la crujiente seda del vestido de Sallie. Meg advirtió que las jóvenes se miraban entre ellas y sintió que se le encendían las mejillas. No hicieron ningún comentario, pero en seguida se ofrecieron a peinarla y a colocarle el lazo y a llenarla de elogios, y en aquellas muestras Meg vio sólo compasión por su pobreza. Su sentimiento de amargura llegaba al máximo cuando entró la mucama con una caja de flores.
—Para la señorita March, según dijo el hombre que las trajo. Y dejó esta notita, también —añadió la muchacha.
—¡Ah! ¡Qué divertido! ¿Quién las manda. ¡No sabíamos que había un festejante! —exclamaron las chicas.
—La nota es de mamá y las flores de Laurie —dijo sencillamente Meg, contenta de que no la hubieran olvidado.
Esa noche se divirtió mucho, bailó cuanto quiso y recibió varios cumplidos; Annie la hizo cantar y la elogiaron mucho; el capitán Lincoln preguntó quién era "la encantadora niña de ojos tan bonitos". Lo pasaba muy bien hasta que en un momento, mientras esperaba en el jardín de invierno que un joven le trajera un helado, oyó una conversación entre la señora Moffat y una amiga:
—¡Sería una gran cosa para cualquiera de esas chicas!  Sallie dice que se han hecho muy amigos ahora, y que el viejo está chocho con ellas.
—Hummm. . . La señora March tiene sus planes, sin duda, y jugará bien sus cartas aunque parezca muy pronto. La niña no parece pensarlo siquiera.
—¡Pobrecita! ¡Es tan linda y no tiene casi qué ponerse! —añadió la otra voz—. ¿Te parece que se ofenderá si le prestamos un vestido para la fiesta del jueves?
—Es orgullosa, pero no creo que se moleste porque el que lleva ya está muy pasado. Veremos. Voy a invitar a ese Laurie, como un cumplido hacia ella, y nos vamos a divertir.
Meg se esforzó por aparentar alegría durante el resto de la fiesta, pero sólo se sintió bien cuando todo terminó y quedó sola en la cama, donde podía pensar en lo sucedido mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.  Su  inocente amistad  con  Laurie  había sido manchada por esas tontas charlas; la fe en su madre, conmovida en parte por las intenciones que le atribuía la señora Moffat, y su sensata resolución de conformarse con el sencillo guardarropas se debilitaba ante la compasión vana de unas niñas que consideraban un traje viejo como la peor calamidad.
Al día siguiente se mostraron más gentiles que nunca, y Belle dijo de pronto:
—Daisy, querida, he enviado una invitación a tu amigo, el señor Laurence, para el jueves. Queremos conocerlo y lo invitamos.
—Muy amable, pero temo que no venga —respondió Meg, a quien en ese momento se le ocurrió la idea traviesa de burlarse de sus amigas—. Es muy mayor.
—Pero, ¿cuántos años tiene? —gritó Clara.
—Cerca de setenta, creo —aclaró Meg, ocultando un brillo burlón en sus ojos.
—¡Qué criatura tan ingenua! Nos referimos al señor joven —rió Belle.
—No hay ninguno; Laurie es un chico —rió a su vez Meg ante la mirada de extrañeza que cambiaron las hermanas cuando ella describió así a su supuesto novio.
—¡Qué gentil fue al enviarte flores!
—Sí. Lo hace a menudo. Tiene muchas en su casa. Mamá y el señor Laurence son amigos, y es natural que nosotros juguemos juntos.
Cuando el día de la fiesta le ofrecieron un vestido prestado, Meg confesó que no le importaba en absoluto volver a usar su viejo vestido de tul. Pero las muchachas insistieron con mucho cariño y Belle dijo que quería verla lucir en todo su esplendor. Meg no pudo rechazar un ofrecimiento tan amable y deseando en el fondo ver hasta dónde podía llegar ese esplendor, olvidó su malestar hacia los Moffat. Cuando Meg bajó arrastrando la pesada falda de su vestido, sintió que por fin había llegado su hora, porque el espejo le había dicho claramente que "estaba en todo su esplendor".
—Es Daisy March —decía la señora Moffat, respondiendo a las preguntas—. Su padre es coronel en el ejército.  Una de nuestras mejores familias, pero venida a menos; íntimos amigos de los Laurence. Mi Ned está loco por ella.
Meg jugaba con su abanico y reía con las tonterías de un joven que pretendía ser ingenioso, cuando de pronto cesó su risa y pareció confusa: frente a ella estaba Laurie. La contemplaba con franco asombro y reprobación, según pensó ella, porque aunque la saludó sonriendo, algo en su limpia mirada la hizo ruborizar. Para completar su confusión, vio a Belle haciendo señas a Annie a tiempo que las dos miraban a Laurie, quien parecía desusadamente tímido y aniñado.
—Jo quiso que viniera para que le contara cómo estabas.
—¿Qué le vas a decir? —preguntó Meg, llena de curiosidad por conocer su opinión, y sin embargo, sintiéndose incómoda con él por primera vez.
—Le diré que no te conocí; se te ve tan agrandada y tan poco parecida a ti misma, que casi te tengo miedo —respondió él.
—¿No te gusto así? —interrogó Meg.
—No —fue la descortés respuesta.
—Eres el muchacho más grosero que haya conocido.
Y muy enfadada, le volvió la espalda y fue a acodarse en una ventana apartada para refrescar sus mejillas. Desde allí oyó al capitán Lincoln decir a su madre: "Es una tontería lo que han hecho con esta niña; yo quería que la vieras, pero la han estropeado por completo; esta noche parece una muñeca".
Se volvió y vio a Laurie acercarse a ella. Con su más gentil inclinación le tendió la mano.
—Perdona mi grosería, te lo ruego, y baila conmigo. 
Salieron a bailar juntos, con su gracia acostumbrada porque solían hacerlo en el hogar y se complementaban muy bien.
—Laurie, ¿me vas a hacer un favor? —pidió Meg al terminar, mientras él la abanicaba—. ¿Sí? No cuentes nada en casa del vestido que llevo esta noche. Quisiera, contarlo yo misma, y explicarle a mama. cuán tonta he sido. Prefiero decírselo yo, para que no se preocupe.
Laurie no volvió a hablar con ella hasta la hora de la cena, cuando la vio bebiendo champagne con Ned y su amigo Fisher, que se conducían como "un par de idiotas", según Laurie. En un momento dado se acercó a ella y le pidió que no siguiera bebiendo.
—Esta noche no soy Meg, soy una "muñeca" que hace toda suerte de locuras —respondió con una risita afectada—. Mañana seré otra vez desesperadamente buena.
El sábado regresó a su casa, rendida con su quincena de diversión.
 —El hogar es un hermoso lugar, aunque no sea lujoso —dijo, mirando a su alrededor con expresión serena mientras conversaba con su madre, y Jo la noche del domingo.
—Me alegro de oírtelo decir, querida, porque temí que tu casa te pareciera opaca y pobre después de tu elegante alojamiento —replicó la madre que la había observado, con ansiedad, muchas veces en ese día; porque los ojos de las madres son rápidos para advertir cualquier cambio en el rostro de los hijos.
Meg, había contado una vez y otra cuánto se había divertido; pero algo parecía pesar sobre su espíritu y cuando las más chicas se fueron a la cama, se quedó contemplando el fuego pensativamente.
—Mamá, quiero confesarte algo —dijo por fin, decidida.
—Ya lo sé. ¿Qué es, querida?
—Te conté que insistieron en engalanarme, pero no te dije que me empolvaron y me pintaron y me ciñeron hasta dejarme hecha un maniquí. Yo sabía que todo eso son tonterías, pero me decían que estaba muy bonita y yo las dejé hacer.  Después bebí champagne, coqueteé, hice un montón de cosas abominables y oí a un señor decir que estaba convertida en una "muñeca" —contó Meg.
—Hay algo más, sin duda —y la señora March acarició la suave mejilla ruborizada.
—Sí —añadió Meg, lentamente—, es muy tonto, pero debo decírtelo porque me molesta que la gente diga ciertas cosas de nosotras y Laurie.
Entonces relató las conversaciones que había escuchado en casa de los Moffat y a medida que hablaba. Jo advertía que su madre apretaba los labios, disgustada al pensar que tales ideas hubieran sido insinuadas a la inocente imaginación de Meg.
—¡Suponer que tenemos "planes"! —exclamó Jo—. ¡Y que somos amigas de Laurie porque es rico y puede casarse con alguna de nosotras! ¡Los alaridos que va a dar cuando le cuente esas idioteces!
—iNo te perdonaré nunca si cuentas eso a Laurie! No debe hacerlo, ¿verdad, mamá? —preguntó Meg, angustiada.
—No; no repitas nunca esos vanos chismes. Olvídalos —dijo gravemente la señora March—. Me apena mucho más de lo que pueda decirte, Meg, el haberte dejado ir con gente a la que conozco muy poco, por el daño que esta visita haya de hacerte.
—No te aflijas, mamá, no me dañará. Olvidaré lo malo y recordaré sólo lo bueno. Me divertí mucho y te lo agradezco.
Permanecieron todavía un rato juntas. Meg pensativa, mientras Jo, con las manos a la espalda, parecía interesada y perpleja al mismo tiempo. Era algo nuevo esto de ver a Meg ruborizarse y hablar de cortejantes y admiradores. Jo sentía como si durante esos quince días su hermana hubiera crecido asombrosamente, alejándose de ella para internarse en un mundo adonde no podía seguirla.
—¿Mamá, tú tienes "planes", como dice la señora Moffat? —preguntó tímidamente Meg.
—Yo quiero que mis hijas crezcan hermosas y buenas; que sean admiradas, queridas y respetadas; que tengan una juventud feliz; que se casen bien y dichosamente. Ser amadas y elegidas por un hombre bueno es lo mejor que puede sucederle a una mujer, y yo espero que mis niñas lleguen a conocer esa maravillosa experiencia.  Mis queridas, yo "soy" ambiciosa para ustedes, pero no porque desee que se casen con hombres ricos simplemente porque lo sean. El dinero es necesario —y cuando se lo utiliza acertadamente, también es noble—, pero no quiero jamás que piensen que es lo más importante, o lo único por lo que hay que luchar. Prefiero verlas casadas con hombres pobres, pero que sean felices y amadas, antes que reinas sin paz ni dignidad. Y, sobre todo, les pido que no olviden nunca que mamá está siempre dispuesta ser la confidente en cualquier caso y que papá es el mejor amigo y consejero; y que los dos confiamos y esperamos que nuestras hijas, casadas o solteras, sean el orgullo y la alegría de nuestra vida.

—:¡Así será, mamá! —exclamaron ambas, de todo corazón.

Libro: Capitulo 5_ COMO BUENOS VECINOS



Un día Amy fue castigada en la escuela.
—Se quedará usted de pie en el estrado hasta el recreo  —resolvió el señor Davis después de darle en la mano con la palmeta.
El castigo no había sido muy duro, pero eso no importaba. Por primera vez en su vida había sido castigada físicamente, y el dolor fue tan profundo como si la hubiesen desmayado a golpes. Durante sus doce años había sido gobernada únicamente por el amor y jamás la había rozado un golpe de tal naturaleza.
El relato de Amy provocó indignación en el hogar, y ese día no volvió a la escuela.
Poco antes del término de las clases, apareció Jo, con altanera expresión, y se acercó al escritorio del maestro donde entregó una carta de su madre; después recogió las cosas de Amy y se alejó, no sin antes limpiarse cuidadosamente sus botitas en la alfombrilla de la puerta, como si hasta del polvo de aquel lugar hubiera querido desprenderse. La señora March decidió que Amy continuara sus clases en casa, hasta el regreso de su padre.
Amy, ya más tranquila, hizo un comentario inoportuno y su madre la interrumpió:
—Desobedeciste las reglas y merecías algún castigo —dijo con cierta severidad.
—¿Quieres decir que te alegra que me hayan castigado ante toda la escuela? —gritó.
—Yo no hubiera elegido ese castigo —replicó su madre—, pero no estoy segura de que no te resulte más beneficioso que otro más suave. Tienes una cierta propensión a caer en la vanidad y a darte importancia, hijita, y ya es hora de que te corrijas.
Más tarde vino Laurie y jugó al ajedrez con Jo, cantó con las chicas y se mostró particularmente animado; rara vez, en casa de los March, mostraba el lado taciturno de su carácter. Cuando se retiró, Amy, que había estado pensativa toda la tarde, dijo:
—¿Laurie es un muchacho perfecto?
—Sí; posee una educación excelente y tiene mucho talento —replicó la madre.
—Y él no está envanecido, ¿verdad?
—En lo más mínimo; por eso es tan encantador y todas lo queremos tanto.
—Ya veo; es lindo tener buenas cualidades y ser elegante, pero no alardear ni contonearse por eso. . . —añadió Amy, pensativa.
—Del mismo modo que no te pondrías encima, de una vez, todos tus sombreros y tus capas y tus cintas, para que la gente sepa que las tienes —dijo Jo.
Y el sermón terminó entre risas.
—¿Adonde van, chicas? —preguntó Amy una tarde de sábado, al hallarlas preparándose para salir.
—No te importa; las niñitas no deben preguntar —contestó vivamente Jo.
Si algo mortifica los sentimientos cuando se es muy joven, es que nos digan eso; y si se nos ordena un "¡vamos, vete ya!", peor aún. Amy se mordió ante este insulto y se propuso descubrir el secreto, aunque para ello tuviera que importunar durante una hora.
Intentó por el lado de Meg, más asequible, y una palabra le dio la pista; usó sus ojos, y la vio poner un abanico en su bolso.
—¡Ya sé! ¡Ya sé! Van al teatro con Laurie a ver "Siete castillos" —gritó, y añadió resuelta¾: Yo iré también,  porque mamá dijo que podía ir. Tengo dinero, y fue muy egoísta de parte de ustedes no avisarme con tiempo.
 —Escucha, Amy, y sé buena —dijo Meg, conciliadora—. La semana que viene irás con Beth y Hannah, y lo vas a pasar muy bien.
—Eso no me gusta tanto como ir con ustedes. Sí, Meg, me portaré bien. . .  —rogó Amy, con el aire más patético que pudo.
—¿Y si la llevamos? No creo que mamá se oponga, si se lo explicamos de un modo razonable...  —comentó Meg.
—Si ella va, yo no voy; y si yo no voy, Laurie no querrá ir tampoco. Sería una grosería, cuando  es él quien  nos ha  invitado  a nosotras, llevar a la rastra a Amy. Supongo que a ella no le gustará meterse donde nadie la llama —dijo Jo, muy enojada.
Su tono y sus maneras molestaron a Amy, que empezó a calzarse diciendo que puesto que Meg la autorizaba, ella iría. Jo protestó a gritos, aduciendo que ellas tenían asientos reservados y que no harían más que provocar molestias a su amigo.
Sentada en el suelo, con un zapato puesto, Amy había comenzado a llorar y Meg a tratar de convencerla, cuando Laurie llamó desde abajo y las dos jóvenes corrieron a su encuentro dejando a su hermanita en pleno llanto; porque de vez en cuando olvidaba sus modales de señorita y se conducía como una chiquilina malcriada. Se asomó por la escalera y gritó:
—¡Te arrepentirás de esto. Jo March!
Cuando las dos niñas mayores regresaron, encontraron a Amy leyendo en la salita. Había asumido un aire de persona ofendida y no levantó los ojos del libro ni hizo una sola pregunta. Quizá la curiosidad hubiera vencido al resentimiento, de no haber estado allí Beth para preguntar y recibir a su vez una brillante descripción de la obra.
Al subir a guardar su sombrero, la primera mirada de Jo fue para la cómoda, porque después de la última pelea, Amy se había consolado tirando al suelo el contenido íntegro del primer cajón. Sin embargo, esta vez todo estaba en su lugar; y Jo entendió que Amy había perdonado y olvidado sus ofensas.
Se equivocaba. Al día siguiente hizo un descubrimiento que provocó una tempestad.
Meg, Beth y Amy estaban sentadas juntas esa tarde, cuando Jo irrumpió en la sala:
—¿Alguien tomó la historia que estoy escribiendo?
Meg y Beth dijeron que no al momento, y parecieron sorprendidas; Amy removió el fuego y no dijo nada. Jo la vio enrojecer y se lanzó sobre ella.
—Amy, ¿tú?
—No, yo no.
—¡Eso es una mentira! —gritó Jo, sacudiéndola por los hombros—. Tú sabes algo.
—Puedes gritar todo lo que quieras, porque nunca volverás a ver ese estúpido cuento. Lo quemé.
—¡Qué! ¿Mi libro, en el que trabajé tanto y que quería tener terminado antes de que volviera papá? Lo has quemado, ¿de veras? —exclamó Jo, poniéndose muy pálida.
—Sí, ¡lo hice! Ya te dije que me pagarías el haber sido tan odiosa conmigo ayer.
No pudo seguir, porque el temperamento ardiente de Jo la dominó, y sacudió a Amy hasta hacerle chocar los dientes, mientras gritaba en una crisis de dolor y de furia. Meg corrió en socorro de Amy y Beth a tranquilizar a Jo; pero estaba enteramente fuera de sí, y dándole un moquete final, corrió escaleras arriba, a tirarse en el sofá de la buhardilla donde concluyó su lucha a solas. No se trataba más que de unos seis cuentos de hadas, pero Jo había trabajado pacientemente en ellos, poniendo el corazón íntegro en su tarea, y esperando que fueran suficientemente buenos como para hacerlos imprimir. La hoguera de Amy había consumido el trabajo de varios años. Beth lloraba como si se le hubiera muerto un gato y Meg se negó a defender a su pequeña favorita;  cuando la señora March supo el caso, se mostró muy seria y afligida, y Amy sintió que nadie la querría hasta que pidiera perdón por el acto que ella lamentaba ahora más que nadie. Cuando llamaron para el té, reapareció Jo, con un aspecto tan torvo e inaccesible, que Amy necesitó de todo su valor para decir humildemente:
—Te lo ruego, Jo, perdóname; lo siento mucho, mucho.
—Jamás te perdonaré —fue la respuesta de Jo; y de allí en adelante, ignoró por completo la presencia de Amy.
Ésta se sintió tan ofendida de que sus intentos de pacificación hubieran sido rechazados, que lamentó haberse humillado y empezó a sentirse más mortificada que nunca y convencida de sus virtudes en un grado realmente exasperante.
Al día siguiente, la mañana se presentó muy fría. Jo tiró a la zanja el exquisito bollo caliente que le preparara  Hannah;  la  tía March estuvo más molesta que nunca; Meg se mostró pensativa; Beth parecía afligida y ansiosa; y Amy no hizo más que referirse a la  gente  que  siempre  está  hablando de  la bondad y que sin embargo no la practica cuando otras personas les dan el ejemplo.
—Voy a buscar a Laurie para patinar —se dijo Jo esa tarde, saliendo de la casa—. Es tan bueno y tan alegre que me volverá a mis cabales, estoy segura.
Amy oyó el ruido de los patines y se asomó a mirar.
—¡Aja! Me prometió llevarme cuando volviera a patinar, porque ya son los últimos hielos. Pero es inútil pedir a esa gruñona que me lleve.
—No digas eso; estuviste muy mala con ella y le es muy difícil perdonar la pérdida de sus preciosos cuentos; sin embargo, creo que si encuentras el momento y la forma oportuna, lo hará —dijo Meg.
No estaban muy lejos del río, pero los dos estuvieron listos mucho antes de que Amy pudiera alcanzarlos. Al verla venir,  Jo se volvió de espaldas;  Laurie no la vio porque estaba estudiando cuidadosamente las condiciones del hielo.
—Mantente cerca de la orilla —dijo a Jo—. El centro no es muy seguro.
Amy no lo oyó. Jo miró por encima del hombro, y el pequeño demonio que ahora alentaba en ella murmuró a su oído: "No importa que haya oído o no; que se las arregle". Laurie había desaparecido en una curva; Jo estaba a punto de dar la vuelta, y Amy, mucho más atrás, se lanzó hacia el hielo frágil en el centro del río. Durante un minuto, Jo permaneció rígida, con una extraña sensación en el alma. Algo la hizo volverse, justo a tiempo para ver a Amy levantar los brazos y hundirse, con un repentino crujido de hielos rotos y un grito que paralizó su corazón.
Intentó llamar a Laurie, pero no pudo emitir la voz; quiso correr, pero sus pies no le respondían. Y durante un segundo sólo pudo permanecer quieta, con el terror pintado en el rostro, mirando la caperuza azul que sobresalía de las aguas. Algo pasó cómo una ráfaga junto a ella y oyó la voz de Laurie:
—¡Corre, rápido, trae una rama!
Cómo lo hizo, no lo supo nunca; pocos minutos después, trabajaba como enloquecida junto a Laurie que, tendido sobre el hielo, sostuvo a Amy con su brazo hasta que Jo trajo la rama y entre los dos sacaron a la niña, más asustada que lastimada. Temblando, mojada y llorosa, la llevaron rápidamente de regreso. Después de los primeros momentos de excitación, se quedó dormida, envuelta en mantas ante un buen fuego. Cuando la casa recobró la calma, la señora March, sentada junto al lecho, llamó a Jo y comenzó a acariciarle las manos lastimadas.
—¿Estás seguía de que está bien? —murmuró Jo, mirando con remordimiento la dorada cabeza sobre la almohada.
 —Sí, perfectamente, querida.  Ustedes lo hicieron todo muy bien.
—¡Laurie hizo todo! Mamá. . . si se muere, será culpa mía —y Jo se arrojó junto a la cama, en una crisis de lágrimas de arrepentimiento, contando todo cuanto había sucedido y culpándose por la dureza de su corazón—. ¡Oh, mamá! ¿Qué será de mí?
—Vela y reza, querida; no te canses nunca de intentarlo y jamás creas imposible vencer tus defectos —respondió la señora March, colocando sobre su hombro la desaliñada cabeza
y besando tiernamente la mejilla de Jo.
—No llores, mi pequeña; pero no olvides este día y resuelve, con todo tu corazón, que jamás volverás a vivir otro igual. Jo, querida, tú piensas que tienes el peor carácter del mundo, pero yo también he sido como tú.
—¡Tú, mamá! ¡Pero, si nunca se te ve enojada! —y por un momento Jo olvidó su remordimiento en medio de la sorpresa.
—A lo largo de cuarenta años, he ido tratando de modificarme y sólo he logrado controlarme. Me enojo casi todos los días de mi vida, Jo, pero he aprendido a no demostrarlo. Y todavía confío en aprender a no irritarme, aunque eso me lleve otros cuarenta años.
—¡Pobre mamá! ¿Dónde encontraste ayuda para vencerte?
 —En tu padre, Jo. Jamás pierde la paciencia, jamás duda ni se queja; siempre confía y trabaja y espera, tan animosamente, que una se siente avergonzada de proceder de otro modo. Él me ayudó y me enseñó a practicar todas las virtudes que yo quería para mis hijitas, porque yo debía ser su ejemplo.
—Y sin embargo, mamá, le insististe para que partiera, y no lloraste cuando se fue. Y jamás te quejas ahora ni parece que necesitaras ninguna ayuda.
—He dado todo cuanto tengo al país que tanto amo, y guardé todas mis lágrimas hasta que él se fue. ¿De qué podía quejarme, cuando los dos no hacíamos otra cosa que cumplir con nuestro deber? Y si parezco no necesitar ayuda, es porque tengo un Amigo todavía mejor que papá, para consolarme y sostenerme. Su amor es inimitable, no se aparta de ti y puede transformarse en fuente de larga paz y dicha para toda la vida. Debes creer esto profundamente, y acercarte a Dios con tus pequeños problemas y esperanzas, y pecados y penas, con tanta libertad y confianza como vienes a tu madre.
La única respuesta de Jo fue apretarse más a ella, y en el silencio que a continuación se produjo, su corazón elevó, sin palabras, la plegaria más sincera que jamás hubiera rezado; porque en esa hora, triste pero feliz, había conocido no sólo la amargura del remordimiento y la desesperación, sino también la dulzura de la abnegación y del dominio sobre sí misma. Como si la hubiera oído, Amy abrió los ojos y extendió los brazos con una sonrisa que dio de lleno en el corazón de Jo.

Ninguna dijo nada, pero se estrecharon una a otra pese a la valla de las mantas, y todo quedó olvidado y perdonado con un beso.



Libro: Capitulo 4_CARGAS

Cuando se comentó en la familia la visita de Jo a sus vecinos, Beth sugirió que ése sería un paso más en el camino de los peregrinos; quizá la casa del otro lado del cerco, llena de cosas hermosas, fuera el Palacio de la Belleza.
—Pero primero tendremos que pasar por los leones... —reflexionó Jo.
Y la casa grande fue realmente un Palacio de la Belleza, aun cuando pasó algún tiempo  antes de que todas lo conocieran, y a Beth le resultó muy difícil atravesar por los leones. El anciano señor Laurence fue el más bravo de todos; pero después que las visitó y dijo algunas cosas amables a cada una y conversó con la madre, nadie se sintió muy temerosa, salvo la tímida Beth.
¡Qué hermosos tiempos fueron aquéllos! Meg podía pasearse por el invernadero, embriagándose de flores; Jo hurgaba vorazmente en la biblioteca y crispaba al anciano caballero con sus críticas; Amy copiaba cuadros y gozaba plenamente de lo bello, y Laurie oficiaba de señor del castillo, de la manera más encantadora. Pero Beth, aunque suspirando por el gran piano, no podía reunir coraje para visitar "la mansión bendita", como Meg la llamaba. No hubo forma de persuadirla para que se sobrepusiera a su temor,
hasta que, de alguna misteriosa manera, el hecho llegó a oídos del señor Laurence y él se propuso darle solución. Durante una de sus breves visitas, llevó hábilmente la conversación al terreno de la música, y como si la idea se le ocurriera de pronto, añadió que Laurie descuidaba ahora mucho sus lecciones y el piano sufría por falta de uso; esperaba que alguna de las niñas quisiera ir de vez en cuando a practicar, "nada más que para mantenerlo afinado". Hizo ademán de levantarse para irse, pero continuó:
—Si no tienen interés, no importa.
Entonces una pequeña mano se deslizó en la suya; Beth lo miraba llena de gratitud y con su tímido modito, murmuró:
—¡Oh, sí, señor! Tengo mucho interés.
—¡Ah! ¿Tú eres la música de la familia?
—Yo soy Beth. Me gusta muchísimo la música. Iré, si usted está seguro de que nadie me oirá... y de que yo no molestaré.
—Ni un alma, mi querida; la casa está desierta la mitad del día, de manera que ven y toca todo lo que quieras, que yo te quedaré agradecido.
El viejo caballero acarició la cabecita e inclinándose, dijo en tono muy bajo:
—Yo tenía una niñita con los ojos así. Dios te bendiga, mi querida. Buenos días, señora.
Y se retiró con mucho apuro.
Al día siguiente, Beth, después de dos o tres intentos, entró por la puerta lateral de la casa vecina y se deslizó como un ratoncito hasta la sala, donde estaba su ídolo. Por casualidad, no cabe duda, había sobre el piano una pieza de música bonita y fácil, y con dedos temblorosos y frecuentes interrupciones para escuchar si alguien venía, Beth tocó al fin el hermoso instrumento. Después de esto, la pequeña se deslizó a través del cerco casi todos los días y en el gran salón flotó la presencia de aquel espíritu armonioso que iba y venía sigilosamente. Jamás supo que el viejo señor solía abrir la puerta de su escritorio para escucharla y nunca sospechó que los ejercicios y canciones que encontrara en el musiquero habían sido puestos allí en su especial homenaje. Pero estaba tan agradecida que un día dijo a su madre:
—Le voy a hacer al señor Laurence un par de chinelas. Es tan amable conmigo, que quiero agradecérselo de algún modo.
Tras serios cambios de opinión con Meg y Jo, se eligió el modelo. Beth trabajó mañana y tarde, y pronto estuvieron terminadas.
Luego escribió una notita y con ayuda de Laurie, una mañana, antes de que el anciano se levantara, dejó su regalo en el escritorio. Dos días después, cuando volvía de pasear a su inválida "Joanna", sus hermanas, asomadas a la ventana, exclamaron:
—¡Una carta del viejo amigo! ¡Ven pronto!''
Beth se apresuró a entrar; sus hermanas la tomaron del brazo y la llevaron a la salita en triunfal procesión, señalando algo y diciendo al mismo tiempo: "¡Mira, mira!". Beth miró y  se  puso pálida de alegría y de sorpresa, porque allí se alzaba un pequeño piano, con una notita sobre la tapa resplandeciente, dirigida a la "Señorita Elizabeth March”.
Estaba tan emocionada, que Jo tuvo que leer la carta: "Estimada señorita; he tenido muchos pares de chinelas en mi vida, pero nunca ninguno que me quedara tan bien como el suyo. Me agrada pagar mis deudas, de manera que espero que permita a un viejo caballero, enviarle algo que perteneció a la nietita que perdiera. Con mi profundo agradecimiento y los mejores deseos, la saluda su amigo James Laurence".
 —Vas a tener que ir a agradecérselo —bromeó Jo, porque esa idea realmente no pasó en ningún momento por su cabeza.
—Sí, iré; ahora mismo, antes de que me asuste sólo pensarlo —y ante el pasmado asombro de la familia en pleno, Beth atravesó el jardín y entró en la casa.
—¡Que me muera si no es lo más raro que haya visto nunca! El pianito la ha trastornado; jamás hubiera ido, en su sano juicio —exclamó Hannah, mirándola, mientras las hermanas permanecían mudas ante aquel milagro.
Mucho más se hubieran sorprendido de haber podido ver lo que Beth hizo después. Llamó a la puerta del despacho y cuando una voz áspera gritó "¡Adelante!", ella entró, se dirigió directamente hasta el señor Laurence que parecía completamente desconcertado, y extendiendo la mano dijo con un leve temblor en la voz:
—He venido a darle las gracias, señor, por... —pero no pudo terminar, porque él la miró con tanto cariño que olvidó su discurso; y recordando solamente que el anciano había perdido a su niñita amada, rodeó con ambos brazos su cuello, y lo besó espontáneamente.
Entonces el caballero la sentó en sus rodillas, puso su arrugada mejilla contra la suya tersa y rosada, y le pareció que había recuperado a su nieta. En ese momento, Beth cesó de temerle.
Cuando las hermanas conocieron los detalles, Jo se puso a bailar para expresar su satisfacción, Amy casi se cae de sorpresa por la ventana y Meg, levantando las manos, exclamÓ:

—¡Creo que el mundo se acaba!


Libro: Capitulo 3 _ EL BAILE DE AÑO NUEVO

—¡Qué difícil es soportar nuestras cargas! —suspiró Meg la mañana después de la fiesta.
Porque ahora que las vacaciones habían concluido se hacía más difícil volver a una tarea que nunca le había gustado.
—¡Qué divertido, si siempre fuera Navidad y Año Nuevo! —bostezó Jo.
—¿De qué vale tratar de estar linda, si sólo me van a ver esos odiosos chiquillos? —murmuró Meg, cerrando de un golpe el cajón de sus cintas—.  Me pondré vieja, fea y agria porque soy pobre.
En ese estado de ánimo bajó al comedor. Todas parecían malhumoradas. Beth tenía dolor de cabeza y estaba echada en el sofá, tratando de consolarse con la gata y los tres gatitos; Amy estaba enojada porque no sabía sus lecciones; Jo intentaba silbar y alborotaba preparándose; la señora March estaba concentrada en una carta, y Hannah protestaba porque era tarde.
—Nunca vi una familia más atravesada —exclamó Jo, perdiendo los estribos después de volcar un tintero, romper los dos lazos de sus zapatos y sentarse sobre su sombrero.
—¡Beth, si no te llevas los gatos al sótano los voy a ahogar! —gritó Meg, enojada.
Jo se reía, Meg rezongaba, Beth suplicaba y Amy lloraba porque no podía recordar cuánto era nueve por doce.
—¡Adiós, mamá!  Aunque hoy parecemos una tribu de salvajes, seremos ángeles al regreso.  ¡Vamos, Meg! —y Jo corrió afuera, sintiendo que los peregrinos no se comportaban como debían; ya en la calle, añadió:
—Pobrecita querida, espera a que yo haga fortuna y te hartarás de carruajes, helados, zapatos con tacones, ramilletes y jóvenes de pelo colorado con quienes bailar.
—¡Qué ridícula eres, Jo! —pero Meg rió ante el disparate y se sintió mejor. . .
Jo le dio un golpecito alentador en la espalda y se separaron, tratando de reconfortarse a pesar del tiempo invernal, del trabajo y de sus juveniles anhelos insatisfechos. Cuando el señor March perdió sus bienes al tratar de ayudar a un amigo infortunado, las dos niñas mayores pidieron  que las dejaran colaborar, por lo menos, a su propio sostén.  Los  padres consintieron;  Margaret encontró un puesto de institutriz. Trató de no sentirse envidiosa, pero en casa de los King palpaba todo cuanto deseaba.
Las hermanas mayores de sus discípulos hablaban de fiestas y teatros, y veía derrochar el dinero en todas esas fruslerías tan preciosas para ella. Jo, por su parte, convino a la tía March, inválida, que necesitaba una persona activa que la atendiera. No era esto enteramente del agrado de Jo, pero aceptó el puesto en vista de que no aparecía nada mejor y, con gran sorpresa para todos, se llevó notablemente bien con su irascible parienta.  Sospechamos que la verdadera atracción para ella fue una gran biblioteca, librada al polvo ya las arañas desde la muerte del tío March. En cuanto la tía se adormilaba, Jo corría a este tranquilo lugar y devoraba poesía, novelas, historia, viajes y grabados, como un vulgar gusano. Hasta que el grito agudo de "¡Josephiiiiine!" la arrancaba de su  paraíso.
Beth era muy tímida para ir a la escuela; lo intentaron, pero sufrió tanto que abandonaron la idea. Aprendió en casa, con su padre.  Sus días transcurrían tranquilos, pero no ociosos, ya que hacía el arreglo de la casa.  Tenía seis muñecas, a las que cuidaba. Ninguna estaba entera, y había una, que perteneciera a Jo, que después de llevar una vida tempestuosa había quedado hecha una ruina, sin brazos ni piernas. A esta inválida crónica dedicaba sus mejores desvelos.

Como las otras, Beth también tenía sus pesares; y no siendo un ángel, sino una criatura humana, solía "llorar su llantito", como decía Jo, porque no podía tomar lecciones de música sin un buen piano.
En cuanto a Amy, de haberle preguntado cuál era su peor desgracia, hubiera contestado sin vacilar:  "Mi  nariz"'.  Siendo  un  bebé había caído de brazos de Jo, y Amy insistía en que aquel golpe le había estropeado la nariz para siempre. Se consolaba dibujando páginas enteras  de  elegantes  narices  griegas,  porque "Rafaelito", como la llamaban sus hermanas, tenía un decidido talento para el dibujo. En la escuela era un modelo de conducta.  Poseía el arte de agradar sin esfuerzo, e iba en camino de echarse a perder porque todo el mundo la mimaba. Había algo, sin embargo, que frenaba su petulancia:  heredaba las ropas de su prima Florence, cuya madre tenía un gusto deplorable. Los trajes estaban bien hechos y poco usados, pero el sentido artístico de Amy sufría al tener que ponerse un vestido púrpura con motas amarillas. Meg era la confidente y guía de Amy, y Jo lo era de Beth.
—Hoy me pasó algo raro con tía March ¾comentó Jo esa tarde, cuando volvieron, a reunirse—. Le estaba leyendo una de esas fastidiosas lecturas que ella prefiere y bostecé de tal manera que casi me trago el libro. Entonces me echó un sermón sobre mis pecados y me dijo que reflexionara mientras ella descansaba un momento.  Se quedó dormida y yo me dediqué a mí "Vicario de Wakefield". Estaba en lo mejor, cuando una carcajada mía la despertó, y me pidió que le leyera algo de esas lecturas que yo prefería a cosas más edificantes:  Cuando estaba en la parte más emocionante, me interrumpí y le dije hipócritamente: "Temo cansarla. ¿Dejo ya?".  Tomó el tejido,  me miró severamente y me contestó: "Termine el capítulo y no sea impertinente, señorita." ¡No quería reconocer que le gustaba. Cuando me retiré, estaba tan metida en la lectura del "Vicario", que ni me oyó reír. '¡Qué bien podría vivir si lo quisiera.
—Eso me recuerda —dijo Meg— algo no tan cómico como tu historia. Hoy encontré a los King muy excitados, y uno de los chicos me contó que el hermano mayor hizo algo muy malo y el padre lo echó de la casa. No pregunté nada, por supuesto, pero me consideré feliz por no tener semejante desgracia en mi familia.
—Pues hoy —comentó Amy— llegó a la escuela Susie Perkins con un anillo que me dio envidia. Después Susie hizo una caricatura del maestro y nos estábamos riendo al verla, cuando nos sorprendió y ordenó a Susie que le llevara la pizarra. Ella quedó “entumida”, y, saben lo que hizo él? La tomó por las orejas y la llevó al estrado donde la hizo estarse de pie exhibiendo la pizarra para que todos la vieran. Susie lloraba a mares y pensé que ni un millón de anillos me hubieran consolado de semejante mortificación.
—Yo también vi algo hoy —dijo Beth—. Fui a comprar ostras y encontré al señor Laurence, pero él no me vio. En eso entró una pobre mujer y preguntó si le permitían hacer limpieza a cambio de un poco de pescado, porque no tenía qué comer. La despidieron de mal modo, pero el señor Laurence tomó un pescado y se lo dio.
—¿Y tú, mamá?, cuenta algo con moraleja —pidió Jo después de un instante.
—Una vez había cuatro niñas —comenzó la señora March, sonriendo— que tenían lo suficiente para comer y vestirse, y muchas comodidades y algunas diversiones, y padres que las querían entrañablemente; sin embargo, no se sentían felices.  (Aquí las oyentes se miraron y se pusieron a coser muy diligentes.)  Estas niñas anhelaban ser  buenas y formulaban muchas promesas, pero no las cumplían. Entonces pidieron a una vieja un filtro para ser felices, y ella les dijo: "Cuando se sientan desdichadas, piensen en todo lo que tienen y den las gracias." Como eran muy sensatas, decidieron seguir el consejo y muy pronto se sorprendieron al descubrir cuántos bienes poseían. Una descubrió que el dinero no impide que la vergüenza y el  dolor invadan  las casas  ricas;  otra,  que, aunque pobre, era mucho más feliz con su juventud, su salud y su alegría, que cierta anciana dama que no podía siquiera disfrutar de su bienestar; la tercera, que por desagradable que fuera el tener que ir a proveerse de comida, todavía era más duro tener que pedirla de limosna; y la cuarta, que todos los anillos del mundo no valen lo que la buena conducta. De manera que todas estuvieron de acuerdo en disfrutar lo que poseían y tratar de merecerlo. Creo que jamás se arrepintieron de haber seguido el consejo de la vieja.

—No lo olvidaremos —murmuró Jo, con una sonrisa.


Libro: Capitulo 2_ UNA FELIZ NAVIDAD

En esa mañana de Navidad la primera en despertar fue Jo. No vio medias colgadas, entonces recordó lo que había prometido su madre, metió la mano debajo de la almohada y sacó un librito con tapas rojas. Al reconocerlo sintió que para cualquier caminante era un buen guía. Con un "¡Felices Pascuas!" despertó a Meg quien encontró un libro verde y unas palabras de su madre. Los libros de Beth y Amy eran color gris perla y azul,  respectivamente. Luego se sentaron a contemplar sus regalos.
—¡Niñas —exclamó Meg—, mamá quiere que comencemos a leer, amar y acordarnos de estos libritos y debemos hacerlo de inmediato. Desde que papá se fue a la guerra hemos dejado de hacer muchas cosas.
Luego abrió su Nuevo Testamento, Jo se acercó a ella y leyó con una expresión muy tranquila.
—Amy, hagamos lo mismo. Nos ayudaremos en lo que no podamos entender —dijo Beth, conmovida por el gesto de su hermana.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, cuando bajó para agradecerle el regalo.
—Vino un chico a pedir limosna y ella saltó a verlo —exclamó Hanna que vivía más como una amiga que como criada de la familia.
—Mamá llegará pronto, así que arreglad y mirad que todo esté en orden —dijo Meg.
—¡Qué graciosos son mis pañuelos —exclamó Beth con orgullo!
—¡Qué gracioso! Ha puesto "mamá" en lugar de" M. March" —gritó Jo.
—Pensé que era mejor así porque las iniciales de Meg son las mismas y quiero que sólo las use mamá —respondió Beth.
Amy entró algo temerosa cuando vio a sus hermanas esperándola.
—¿Dónde estabas? preguntó Meg.
—¡Me daba vergüenza mi regalo! Cuando me levanté fui a cambiar el frasco de colonia por otro más grande.
Un golpe en la puerta hizo que el canasto de los regalos desapareciera debajo del sofá.
—¡Feliz Navidad, hijas mías! —dijo, cuando las chicas le agradecieron los libros—. Esto me alegra mucho, pero antes de sentarnos quiero contarles que vino un chico a decirme que su madre con un recién nacido y seis niños más sufren hambre y frió, ¿queréis entregar vuestro desayuno como regalo de navidad?
Por un instante,  nadie habló, luego Jo rompió el silencio.
—Me alegro de que haya llegado antes de que hubiésemos empezado.
—Pensé que accederían —dijo sonriendo satisfecha la señora March—. Pueden ir conmigo. Luego desayunaremos con pan y leche.
Al llegar vieron un cuarto desmantelado, sin fuego, ventanas rotas, sábanas andrajosas, una guagua que lloraba y unos niños tratando de calentarse debajo de un colchón viejo, quienes sonrieron al ver a las muchachas. Hannah encendió fuego. La señora March vestía a la guagua mientras las chicas disponían a los niños cerca del fuego y les daban comida tratando de entenderles su cómico inglés.
—¡Los angelitos! —decían los chicos en tanto comían.
Ellas encontraron muy simpático este apelativo, en especial Jo a quien todas consideraban como "un Sancho".
El desayuno fue muy alegre y no había en la ciudad personas más felices que las niñas.
—Esto es amar a nuestro prójimo y me agrada —expresó Meg, mientras su madre estaba buscando ropa para los Hummel y ellas sacaban sus regalos.
—¡Viene mamá! ¡Toca, Beth! ¡Abre la puerta, Amy!. Tres "vivas" a mamá! —gritó Jo, mientras Meg conducía a su madre al lugar de honor.
La señora March conmovida observaba sus regalos. Se calzó las zapatillas, empapó con colonia el pañuelo nuevo, se colocó la rosa y dijo que los guantes le quedaban muy bien.
Después de compartir en familia hubo que dedicarse a preparar las actividades de la tarde. No teniendo dinero para gastar en funciones caseras, recurrían a su ingenio; guitarras de cartón y lámparas hechas de mantequeras viejas eran algunas de sus producciones. El cuarto grande era el escenario de muchas entretenciones. Jo realizaba sus papeles de hombre, pues no permitían caballeros. En estas representaciones sacaba unas altas botas, un florete antiguo y un chaleco acuchillado que eran sus tesoros más importantes. Los dos actores principales estaban obligados a hacer varios roles cada uno.
En la noche varias chicas se agruparon en el palco, que era la cama. Las cortinas azules hacían de telón. Sonó una campana, se abrieron las cortinas y empezó la tragedia.                                                   
"El bosque tenebroso" lo representaban arbustos en maceteros  y a la distancia una caverna que tenía algunos abrigos por paredes; en su interior una bruja que se inclinaba sobre una olla negra; el público se sorprendió con esta primera escena; luego entró Hugo, el villano, con paso agigantado y entonó una canción sobre su odio a Rodrigo, su amor a Zara y su decisión de matar a uno y obtener la mano de la otra. Después de recibir los aplausos se dirigió a Hagar:
"Hola, bruja, te necesito!"
Salió Meg, Hugo le pidió una pócima para que Zara lo amase y otra para deshacerse de su rival. Salió una pequeña figura con alas, cabello rubio y una corona de rosas, dejando caer a los pies de la bruja un frasquito. Con una segunda canción aparece un diablillo negro quien burlonamente lanza a la bruja un frasquito oscuro.
Hugo agradece y se retira colocando las pócimas en sus botas. Hagar explica que ella le había echado una maldición porque él había dado muerte a unos amigos.
La escenografía era fantástica. Una torre se elevaba al cielo, ardía una lámpara en la ventana y Zara vestida de azul, espera a Rodrigo detrás de la cortina blanca. Llegó éste bien vestido y al pie de la torre cantó una serenata que concluye con la decisión de Zara de escaparse con él. Al saltar Zara olvidó la cola de su vestido enganchándose en la ventana; tembló la torre y cayó ruidosamente, dejando bajo las ruinas a los infortunados amantes. Don Pedro se acercó para sacar a su hija y desterrar a Rodrigo, quien se niega a irse.
En el tercer acto reaparece Hagar, dispuesta a liberar a los amantes y matar a Hugo. Ve que éste echa las pociones en vasos de vino y los envía a los presos con un criado. En el momento que Femando, el criado, dice algo a Hugo, la bruja cambia los vasos por unos sin veneno y el envenenado lo coloca en la mesa. Después de una canción, Hugo lo bebe, tiene convulsiones, cae y muere.
En el cuart0 acto Rodrigo entró angustiado, pues le habían dicho que Zara lo había abandonado. En el instante de darse una puñalada escucha una canción que dice que su amada está en peligro y si lo desea él puede salvarla. Loco de alegría saca sus cadenas y corre a liberarla.
En el quinto acto don Pedro quiere que su hija sea monja, después de algunas suplicas entra Rodrigo solicitando su mano; el padre lo rechaza porque no es rico. Rodrigo esta dispuesto a llevarse a Zara cuando entra el criado con una bolsa y una carta de Hagar donde dice que les deja fabulosas riquezas a los enamorados y a don Pedro un terrible destino, si no accede a su felicidad.
Don Pedro, al ver las monedas se ablanda y les da su aprobación la que reciben muy felices los enamorados.
Estallan grandes aplausos. La cama plegable, que servía de palco repentinamente se cerró dejando apretados a los espectadores.
Una vez calmada la agitación, Hannah les avisa que la señora March las espera.
Se asombraron cuando vieron la mesa. Como en los tiempos de la abundancia allí habían mantecados, pastelillos, frutas, dulces franceses, y en el centro cuatro ramos de flores.
—¿Lo han hecho las hadas? —preguntó Amy.
—Ha sido San Nicolás —agregó Beth.
—Lo hizo mamá — exclamó dulcemente Meg.
—La tía March ha enviado la cena —repuso Jo con inesperada iluminación.
—El señor Laurence lo envió. También envió una carta expresando su amistad y algunas cosas para mis niñas— dijo la señora March.
—Estoy segura de que el muchacho ha dado la idea a su abuelo.
—Da la impresión que quisiera conocernos, pero es un tímido —dijo Jo—. Mi madre cree que al señor Laurence no le agrada alternar con los vecinos. Su nieto siempre está en casa o en compañía de su maestro.
—Parece un caballero, él trajo las flores; le habría invitado si hubiera sabido lo que sucedería arriba.
—¡Sería divertido que alguna vez tengamos una función donde pueda tomar un papel!
—¡Qué bonito es! —exclamó Meg mirando su ramillete con atención.
—Son hermosas, pero son más tiernas las rosas que me regaló Beth.
—Me gustaría poder enviar un ramo a papá. Temo que él no tenga una Navidad tan feliz —exclamó Beth.
Pasada la Navidad, las chicas esperaban ansiosas la fiesta de Año Nuevo.
—¡Jo! ¡Jo! ¿Dónde estás?
—¡Aqui! —contestó una voz desde lo alto.
En la buhardilla, su refugio preferido, Meg encontró  a Jo llorando con la lectura de "El heredero de Redelyffe". Al verla, Jo se secó las lágrimas y se dispuso a escuchar.
—¡Mira, ¡Una invitación de la señora Gardiner! —gritó Meg, moviendo la tarjeta que leyó con mucha alegría.
"La señora Gardiner tiene el agrado de invitar a las señoritas Meg y Jo a una fiesta la noche de Año Nuevo".
—¿Qué nos vamos a poner?
—Nos pondremos los trajes de muselina, no tenemos otros —exclamó Jo, que comía manzanas.
—¡Si tuviera un vestido de seda! —murmuró Meg—. El tuyo está como nuevo, pero el mío tiene un rasgón y una quemadura muy visible. Tendré una cinta azul, llevaré el alfiler de perlas de mamá, mis zapatos son bonitos y los guantes pueden pasar.
—Los míos tienen manchas de gaseosas, de manera que iré sin ellos —dijo Jo.
—Los guantes son esenciales, no puedes bailar sin ellos y si no los llevas no iré a la fiesta —exclamó decidida Meg.
—No me gustan los bailes de sociedad, estaré sentada.
—Eres tan desordenada que mamá no te comprará otro. ¿Puedes enmendarlos de alguna manera?
 —Lo único que puedo hacer es tenerlos oprimidos en las manos.   ¡Ya sé! Nos ponemos un guante nuevo cada una y el malo lo llevamos en la mano, ¿entiendes? Ahora, déjame terminar esta historia y contesta la invitación.
La noche de Año Nuevo las chicas ayudaban a sus hermanas mayores con los arreglos para el baile. Meg quería hacerse rizos y Jo retorció con unas tenacillas los rizos unidos con papeles.
—¡Hay olor a plumas quemadas! —dijo Amy.
Al sacar Jo los papelitos no aparecieron los rizos.
—¡Me has dañado el pelo! ¡Mi pelo! ¡No podré ir! —gritó Meg.
—¡Qué mala suerte! Lo lamento mucho, las tenacillas estaban muy calientes —murmuró con lágrimas Jo.
—¡Era tan hermoso! —dijo Beth.
Después con la ayuda de la familia finalizaron sus arreglos. Meg de gris plateado, cinta de terciopelo azul, prendedor de perlas, cuello de encajes y tacones altos. Jo de color castaño; de adornos unos crisantemos blancos y unas horquillas que afirmaban su pelo.
—¡Qué se diviertan mucho! —exclamó la señora March—. Regresad a las once, cuando envíe a Hannah.
—¿Llevan los pañuelos?
—Es uno de los gustos aristocráticos de mamá —respondió Meg.
—Ahora, Jo, trata que no se vea el paño de tu vestido.
—Avísame con un guiño si me ves hacer algo mal —exclamó Jo.
—Da pasos cortos y mantén los hombros derechos y si te presentan a alguien, no estires la mano.
La señora Gardiner las saludó cortésmente y las dejó con la mayor de sus seis hijas. Meg que ya conocía a Sallie perdió luego la timidez, en cambio Jo se quedó apoyada en la pared. Nadie habló con ella. Permaneció ahí para evitar que se viese su falda, hasta que empezó el baile. Meg bailaba alegremente, nadie pensaría que los zapatos la hacían sufrir. Jo temiendo que la sacaran a bailar se escondió detrás de unas cortinas. Allí se encontró de frente con Laurence.
—¡No sabía que había alguien! —exclamó Jo.
—No se preocupe, quédese si quiere —dijo el chico riéndose—. Estoy aquí porque conozco a pocas personas.
—Creo que le he visto antes.
—Vivo en la casa próxima a la suya —respondió él alegremente.
—Hemos disfrutado mucho el regalo.
—Lo envió mi abuelo.
—¿Cómo está su gato, señorita March?
—Excelente, señor Laurence, pero soy sencillamente Jo.
—Yo no soy el señor Laurence, sino Laurie. Mi nombre es Teodoro pero no me gusta, por eso prefiero que me digan Laurie.
 —Yo también odio mi nombre, es demasiado romántico, preferiría que me llamaran “Josefina".
—¿Le gusta bailar, señorita Josefina?
—Mucho, siempre que el espacio sea suficiente, aquí me expondría a incurrir en algún error. ¿Usted, no baila?
—A veces. Llevo poco tiempo acá y no sé cómo hacerlo, pues he estado varios años en el extranjero.
—¡Hábleme de sus viajes!.
Laurie le contó que había estado en un colegió en Vevey, donde los muchachos no usaban sombreros, tenían botes en el lago y en las vacaciones recorrían Suiza a pie junto a sus profesores.
—Hable algo en francés, lo entiendo pero no sé pronunciarlo.
—¿Quel nom a cette jeune demoiselle en les pantufles jolies?
—Ha dicho: "¿Quién es la señorita de los zapatos bonitos?", ¿verdad?
—Oui, Mademoiselle.
—Es Meg, mi hermana. ¿Le parece que es bonita?
—Sí, es bonita y serena, baila como una dama.
Jo retuvo el elogio en la memoria para decírselo a Meg.
Laurie perdió la timidez y ella había olvidado el traje. Le gustaba Laurence, lo observó para describírselo a sus hermanas. "Pelo negro, tez oscura, ojos negros y grandes, dientes bonitos, nariz larga, alto, cortés y risueño". No sabía la edad pero trató de averiguarlo.
—¿Irá pronto a la universidad?
—En dos o tres años más, cuando cumpla diecisiete.
—¿Sólo tiene quince años? —preguntó Jo sorprendida.
—Dieciséis el mes que viene.
—¿Por qué no baila?
—Si usted baila conmigo — exclamó él.
—Prometí a Meg que no bailaría, porque...
—¿Por qué? —interrogó Laurie.
Después de hacerle prometer que no diría nada, Jo le contó lo sucedido con su traje. Laurie no se rió y la invitó a bailar a un pasillo vacío y ahí le enseñó el paso alemán. Cuando acabó la música apareció Meg que se había torcido el tobillo.
—Lo lamento, pero tendrás que llamar un coche o permanecer aquí toda la noche. —Dijo Jo.
—Descansaré hasta que llegue Hanna. Tráeme un café, no puedo moverme.
Jo fue a buscar el café, con tan mala suerte que lo volcó en su vestido.
—¿Puedo ayudarla? —dijo Laurie que en ese momento llevaba un plato con golosinas y una taza.
—Buscaba algo para Meg, y he quedado una calamidad.
—¡Qué lástima! ¿Puedo llevarle esto a su hermana?
—¡Muchas gracias! Jo iba delante para indicarle dónde se encontraba su hermana. Laurie estuvo muy amable con Meg quien lo calificó de "chico muy simpático".
Estaban con otros jóvenes cuando llegó Hanna. La criada regañaba, Meg lloraba y Jo, angustiada, decidió ir en busca de un criado para que le trajese un coche. Laurie que había escuchado esto ofreció el coche de su abuelo, para dejarlas en su casa. En principio Jo se resistió, pero luego aceptó y salió corriendo a buscar a su hermana.
—Me he entretenido mucho. ¿Y tú?
—Hasta que me torcí el pie. Anna Moffat, una amiga de Sallie, me invitó a su casa en primavera.
—Te vi bailar con el hombre rubio, parecía un saltamontes, con Laurie no podíamos retener la risa.
—¿Qué hacíais ocultos?
Jo terminó de contar lo que había pasado justo cuando llegaban a la casa. Después de agradecer a Laurie por su amabilidad, subieron sigilosamente a sus dormitorios, donde encontraron a sus hermanas ansiosas de conocer detalles del baile.

—Parezco una señora, volviendo a casa en coche y sentándome con una doncella que me sirve —exclamó Meg, en tanto Jo le cepillaba el pelo.